Me he lesionado el ligamento cruzado anterior (LCA), ¿Y ahora qué? 

En primer lugar, debemos conocer qué es un ligamento, estructura de tejido conectivo que conecta hueso con hueso el cual nos permite la estabilidad de nuestras articulaciones. En dicho caso, el LCA nos permite la estabilidad anterior de nuestra rodilla así como los giros de la misma.
Dicho LCA se lesiona cuando existe un movimiento superior al fisiológico de nuestra rodilla el  cuál nuestras estructuras periféricas no pueden parar.

Existen tres tipos de afectación a nivel estructural:

  • Distensión.
  • Rotura parcial.
  • Rotura completa.

Para conocer si existe afectación del ligamento cruzado anterior realizaremos una historía clínica donde el paciente nos describirá siempre un acto traumático y realizaremos una exploración física con una serie de tests ortopédicos y pruebas funcionales para determinar si existe afectación y como se encuentra el estado de nuestra rodilla. 

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Se puede requerir alguna prueba complementaria, como la resonancia magnética, para conocer cuál y cuan afectado se encuentra nuestro ligamento.

Una vez conocido que estructura es la que tengo afectado y el grado de afectación de la misma, hay que conocer el contexto del paciente para realizar un tratamiento que requiera una intervención quirúrgica o por el contrario optar por un tratamiento más conservador.
No es lo mismo un jugador de fútbol el cual requiere sucesivos cambios de desplazamiento y de ritmo dónde tiene que existir una óptima estabilidad de la rodilla que un trabajador administrativo que sale con la bicicleta los findes de semana. 

Por ello, hay que individualizar en cada caso para conocer si la intervención quirúrgica va a ser requerida o no. 

En los primeros días del acto traumático, se producirá una inflamación alrededor de toda la rodilla, dolor severo a la movilidad de flexión-extensión de la rodilla con una limitación considerable, impotencia funcional a la marcha/deambulación teniendo que hacer uso de una ayuda ortopédica (muletas-bastones), etc.

Por este motivo, independientemente si eres candidato a cirugía o no, es importante realizar una primera fase de rehabilitación, que durara alrededor de 4-6 semanas, que consistirá en:

  1. Reducción de la inflamación.
  2. Restaurar lo máximo posible el rango articular.
  3. Recuperar el balance muscular.
    Todo esto para afrontar con las mejores garantías tanto el post-operatorio o por el contrario optar según evolución a un tratamiento conservador en función de las necesidades y demandas de cada individuo.

Si al final se opta por la intervención quirúrgica existen varios tipos de plastia para tu rodilla:

  • Isquiotibiales: por norma general, se opta por el tendón del semitendinoso, músculo de la parte posterior del muslo que actúa como freno ante el desplazamiento de la tibia hacia adelante. La ventaja es que el tejido es tuyo y tu cuerpo no producirá rechazo teniendo muy buena propiedad mecánica.
  • Rotuliano (H-T-H): tejido que une la rótula a la tibia en su cara anterior. Presenta una gran fuerza debido a sus dos inserciones óseas. Por contra, existe un alto índice de presentar tendinopatía rotuliana y complicaciones a largo plazo como debilidad de la musculatura extensora de rodilla, artrosis femoropatelar, etc.
  • Injerto externo: tejidos que provienen de un cadaver. Como ventaja, no existe daño de nuestras estructuras periféricas. Como desventaja, presenta una menor fuerza mecánica y nuestro cuerpo podría rechazarlo.

De esta manera, una vez realizado el proceso quirúrgico se distinguen tres fases donde habrá distintos objetivos dentro de ellas según demandas-capacidades de cada individuo.

Por ello, en la primera fase los objetivos serán:

  1. Control del derrame articular.
  2. Recuperación de la movilidad articular.
  3. Activación de la musculatura. 

Seguidamente a esta primera fase de rehabilitación existirá una segunda fase donde nuestros objetivos serán:

  1. Conseguir la movilidad completa de rodilla.
  2. Recuperación de la fuerza muscular.
  3. Trabajo neuromuscular-propioceptivo. 

Y por último, una fase de “Return to Play”, es decir, vuelta al deporte donde nuestros objetivos serán:

  1. Ganancia de control neuromuscular exigente.
  2. Cambios de ritmo, desplazamientos, aceleraciones, desaceleraciones.
  3. Trabajo específico hacia el deporte.

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Todo este proceso puede alargarse hasta los 9 meses de evolución, siendo la vuelta al deporte temprana un alto factor de riesgo de recaída del paciente.

Para minimizar el riesgo de lesión, hay otros factores de riesgo que tenemos que contemplar, como pueden ser:

  1. Factores biomecánicas
    1. Movilidad de cadera: una reducción de la movilidad de cadera puede suponer un trabajo excesivo de la rodilla, aumentando el riesgo de lesión.
    2. Movilidad de tobillo: una reducción de la movilidad de tobillo puede suponer un trabajo excesivo de la rodilla, aumentando el riesgo de lesión.
  2. Neuromusculares
    1. Ratio fuerza muscular cuadriceps/isquiotibial: una descompensación entre la fuerza muscular de la musculatura posterior del muslo respecto a la musculatura anterior puede suponer un factor de riesgo para futura recaída.
    2. Inhibición de la musculatura glútea: una baja activación o una fatiga severa de la musculatura glútea puede suponer un riesgo de lesión para nuestra rodilla.
  3. Factores extrínsecos
    1. Zapatillas: el uso de un calzado inadecuado puede suponer un factor de riesgo para una futura recaída.
    2. Terreno de juego.
    3. Climatología.

Por todo esto, un fisioterapeuta te puede echar una mano para recuperar tu rodilla  y disfrutar del deporte al 100%.